Mi hermana Lourdes murió víctima del cáncer el 6 de junio del año pasado.
Primero fue en la mama, la operaron dos veces y luego pasó por el proceso de la quimioterapia. Le dijeron que estaba todo bajo control, siguió con hormonas por vía oral, aunque los especialistas le habían sugerido someterse a radiación para eliminar las posibilidades de alguna célula cancerosa que fluyera por su organismo. Ella no quiso porque su experiencia profesional -era técnica radióloga- le había permitido ver pacientes quemados despues de haber recibido rayos.
Tres años después empezó a tener dolores en las articulaciones, que en principio atribuyó a la artrosis, pero como empeoraban se hizo hacer los estudios correspondientes y se confirmó que había metástasis óseas, en numerosas localizaciones.
Inició la nueva quimioterapia, pero el cáncer siguió desplazándose y apareció en sus pulmones, en su hígado, en el otro seno y finalmente, sus riñones dejaron de funcionar y luego de varios ingresos para recibir transfusiones de sangre, sufrió un terrible e irreparable deterioro y falleció.
Fueron tres meses muy difíciles los últimos de la vida de mi hermana, y el dolor en que quedamos sumidos en la familia fue tremendo.
Lourdes había sido una hermana ejemplar, una tía maravillosa, una mujer que dedicó la mayor parte de su vida a ayudar a todo aquel que lo precisara, fuera o no de la familia.
Una mujer fuerte, luchadora, valiente, pero la vida se le fue llevada por esa maldita enfermedad que ya se había llevado a mi única tía, cuando apenas tenía 52 años.
Mi hermana Cristina, melliza con Lourdes, fue la que la cuidó casi todo el tiempo hasta su fallecimiento, la que pasó noches sin dormir, la que la acompañó a sus visitas al especialista, a las sesiones de quimioterapia, la que sacrificó su propia familia para estar junto a ella.
Ahora, ella deseaba que mi marido no sufriera lo mismo que había tenido que sufrir Lourdes.
El corazón se me empequeñeció, fruncido de angustia, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de angustia e impotencia.
