Mi hermana Lourdes murió víctima del cáncer el 6 de junio del año pasado.
Primero fue en la mama, la operaron dos veces y luego pasó por el proceso de la quimioterapia. Le dijeron que estaba todo bajo control, siguió con hormonas por vía oral, aunque los especialistas le habían sugerido someterse a radiación para eliminar las posibilidades de alguna célula cancerosa que fluyera por su organismo. Ella no quiso porque su experiencia profesional -era técnica radióloga- le había permitido ver pacientes quemados despues de haber recibido rayos.
Tres años después empezó a tener dolores en las articulaciones, que en principio atribuyó a la artrosis, pero como empeoraban se hizo hacer los estudios correspondientes y se confirmó que había metástasis óseas, en numerosas localizaciones.
Inició la nueva quimioterapia, pero el cáncer siguió desplazándose y apareció en sus pulmones, en su hígado, en el otro seno y finalmente, sus riñones dejaron de funcionar y luego de varios ingresos para recibir transfusiones de sangre, sufrió un terrible e irreparable deterioro y falleció.
Fueron tres meses muy difíciles los últimos de la vida de mi hermana, y el dolor en que quedamos sumidos en la familia fue tremendo.
Lourdes había sido una hermana ejemplar, una tía maravillosa, una mujer que dedicó la mayor parte de su vida a ayudar a todo aquel que lo precisara, fuera o no de la familia.
Una mujer fuerte, luchadora, valiente, pero la vida se le fue llevada por esa maldita enfermedad que ya se había llevado a mi única tía, cuando apenas tenía 52 años.
Mi hermana Cristina, melliza con Lourdes, fue la que la cuidó casi todo el tiempo hasta su fallecimiento, la que pasó noches sin dormir, la que la acompañó a sus visitas al especialista, a las sesiones de quimioterapia, la que sacrificó su propia familia para estar junto a ella.
Ahora, ella deseaba que mi marido no sufriera lo mismo que había tenido que sufrir Lourdes.
El corazón se me empequeñeció, fruncido de angustia, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de angustia e impotencia.
Cáncer: el enemigo en casa
jueves, 6 de septiembre de 2012
sábado, 28 de julio de 2012
EL DIAGNOSTICO
EL DIAGNOSTICO
Mientras fui a
hacer los trámites iniciales de internación, lo llevaron a una salita contigua
y lo acostaron en una camilla. Enseguida le colocaron suero. Más tarde vinieron
dos enfermeras a llevarlo hasta el cuarto asignado, que resultó ser la
habitación Nº3, que me pareció linda y cómoda. Bueno, tan linda como puede ser
la habitación de una clínica. Enseguida una encargada del laboratorio fue a
extraerle sangre y nos dejó un recipiente para juntar orina para completar el
examen, lo que hicimos de inmediato.
Llamé por teléfono
a su hijo Daniel, que vino enseguida y se quedó con él mientras yo completaba
un trámite en la obra social, que está a dos cuadras de la clínica. Luego volví
a casa a buscarle ropa, comer algo, sacar a Lola -mi perra- a dar un paseo
breve y darle su alimento. Le conté lo ocurrido a mi hermana y a mi nuera Sonia,
que se mostraron preocupadas y ofrecieron su ayuda en lo que pudieran.
Qué cosa curiosa, a
veces me pregunto cómo una virtud tan publicitada como la solidaridad puede
estar concentrada en unas pocas personas. Porque mi hermana está a cargo de mi
mamá, vive dedicada a su cuidado permanente, la baña, la viste, la ayuda a
levantarse para llegar hasta la mesa, la lleva al médico y le da los
medicamentos, la mima y la acompaña, ¿y aún le quedan energías para ofrecerse a
ayudarme a atender a mi marido internado?
Mi nuera Sonia
trabaja, es ama de casa, debe atender a mi nieto Juan Pablo, que es
discapacitado motriz y, sin embargo, siempre está dispuesta a ofrecer su ayuda.
Por momentos, me siento casi avergonzada en comparación a ellas, porque yo no
tengo ni tantas obligaciones ni tantas exigencias y me siento débil frente a las
pruebas que me sacan de la rutina serena y apacible de mi vida.
Más tarde pasó el
gastroenterólogo, Dr. Lizziero, y nos informó que había pedido una radiografía
y una ecografía abdominal, que se haría al día siguiente. Lo curioso fue que a
esa hora ya habían servido la cena: sopa, zapallo, zanahorias y zapallito en
trozos pequeños, pollo hervido y gelatina, y Santiago había comenzado a comer
con el mayor entusiasmo.
Al verlo, el doctor
exclamó: “¿Qué está haciendo usted con
comida?”, y se la quitó. ¡Es que tenía que estar en ayuno absoluto hasta que le
hicieran esos estudios!
Santiago se puso
furioso, dijo que tenía un hambre que “no lo podía creer”. Claro que para
entonces el suero con calmantes y antibióticos que le estaban colocando le
había hecho desaparecer los dolores y parecía haber olvidado las razones por
las que lo habían internado. En esos momentos, es muy difícil hacerlo entrar en
razón y entender que algo serio debía tener y no le quedaba otra alternativa
que hacerse los estudios necesarios para saber qué tenía.
Esa noche me quedé
con él. En la habitación había dos sillas con apoyabrazos, de cuerina negra y
muy acolchada, mucho mejor que las sillas de duro plástico que tenían durante
sus internaciones anteriores. Sin embargo, dormir fue casi imposible: dos
cabeceadas y una enfermera que entraba para hacer controles, cambiar el suero o
dar medicación, Santiago pidiendo el papagayo, que lo tapara porque tenía frío,
luego sus ronquidos, unidos al de su compañero de cuarto y esporádicos lamentos
de ambos. Miraba la hora a cada rato y parecía imposible que tan solo hubieran
transcurrido unos minutos.
Al fin, a eso de
las 7, comenzaron a llegar las enfermeras del turno de 6 a 14 a hacer los
controles y media hora después, me hicieron salir para ocuparse de “higienizar
a los pacientes”. Cuando me permitieron volver a entrar, Santiago estaba
sentado en una silla, cambiadito y con los cabellos revueltos. Con una mezcla
de asombro y gracia, comentó: “¡Me bañaron entre tres enfermeras! ¡Me dejaron
brilloso!”
Lo llevaron a hacer
la RX, lo volvieron a acostar y a la tarde, sin almorzar, vinieron a buscarlo
para llevarlo hasta el servicio de Ecografía, que estaba a pocos pasos,
cruzando el pasillo. Yo pregunté a la enfermera quién iba a hacer la ecografía
y me dijo que una doctora. Había tenido la esperanza de que fuera el Dr. Russo,
con quien trabajé hace más de veinte años como secretaria de Tomografía
Computada, un profesional en quien confío profundamente y una excelente
persona, pero como me dijeron que no, salí a tomar aire en el jardín de la
clínica. Cuando volví a entrar, Santiago ya estaba en la habitación y me dijo
que la ecografía la había hecho el Dr. Russo y que había salido al pasillo a
buscarme para hablar conmigo, pero yo no estaba. Un velado reproche.
Me crucé varias
veces hasta el servicio de Ecografía, hasta que encontré al Dr. Russo
entregando los resultados de un estudio a las secretarias. Apenas me vio me
hizo pasar, me presentó a las chicas y me comentó que “había encontrado
imágenes heterogéneas en el hígado y pulmones”, que aconsejaba hacer una
tomografía. Le conté que ya la habían hecho y llamó al servicio de Tomografía
para preguntar qué habían hallado en ese estudio. Se volvió hacia mí y me dijo que la TAC había
confirmado su diagnóstico y que pensaba que las imágenes en hígado y pulmones
se habían originado en el colon.
En ningún momento
pronunció la palabra “cáncer”, pero yo tenía suficientes conocimientos del
lenguaje usado en ecografías y tomografías para saber que a eso se refería al
hablar de las “imágenes heterogéneas”. Sentí un enorme peso que caía sobre mí,
y la mirada compasiva en los ojos oscuros del doctor Russo no hizo más que
confirmar mis deducciones.
Regresé a la
habitación disimulando mi aflicción, inventé explicaciones sin importancia que
el doctor no había dicho, y empecé a preguntarme cuál sería la versión del Dr.
Lizziero. Salí a buscarlo y lo encontré saliendo de la oficina de enfermería,
donde los médicos llenaban sus informes y dejaban las indicaciones en las
carpetas de los pacientes. “Hay un hombre hambriento que lo está esperando”, le
dije, porque Santiago seguía quejándose de que aun estaba sin comer.
“Sí, pero antes
quería hablar con vos”, dijo Lizziero. ¿O dijo “con usted”? Ya no estoy segura.
Y antes de que pudiera salir de la conmoción que anticipaba sus palabras
preparatorias, lanzó el diagnóstico: “Es cáncer de colon con metástasis en
hígado y pulmones. Inoperable”.
Así fue. Sin
metáforas y rodeos, sin pronunciar palabra alguna que pudiera servir de
consuelo o vana esperanza. Agregó que la única posibilidad sería quimioterapia
para reducir los tumores, pero enseguida le conté de mi experiencia con mi
hermana Lourdes, de sus vanos intentos de mejora y le dije que yo no quería
someter a mi marido a semejantes sufrimientos.
El médico me
preguntó si le debía informar la verdad a Santiago o no. Y yo, que siempre
sostuve que los médicos no deben ocultar la verdad a sus pacientes ni a los
familiares, que la gente tiene derecho a saber lo que tiene y decidir cómo
seguir adelante, me quedé allí, dudando. Ya no estaba segura de que era tan
fácil decir la verdad y mucho menos, conociendo la personalidad de Santiago, de
cuál sería su reacción si le dijéramos tan francamente que tenía un cáncer
demasiado avanzado. Le dije que prefería esperar un poco. Quiso saber si no
había algún hijo con el que hablar, pero le respondí que en la clínica estaba yo
sola.
Y otra vez tuve que
volver a la habitación disimulando mi angustia, sonriendo para decirle a mi
marido que iban a traerle algo para comer, inventando razones para la decisión
del médico de hacerlo quedarse hasta el día siguiente para hacerle la colonoscopía
que él se había negado obstinadamente a hacerse cuando empezaron sus síntomas
sospechosos.
Parece que soy
buena actriz, porque Santiago no advirtió nada anormal en mí. Se alegró de que
le sirvieran un tardío almuerzo y se fastidió al saber que no podría eludir el
nuevo estudio, pero traté de animarlo con el argumento de que era mejor salir
de la clínica con todo hecho y un tratamiento para lo que le causaba tantos
dolores.
Esa misma tarde
llamé a mi hermana por teléfono y le informé del diagnóstico recibido. Me quedó
grabado que dijo: “Ojalá no tenga que sufrir tanto como sufrió Lourdes”.
Internado
De modo que fuimos
a la sesión del Concejo Deliberante.
Y digo "fuimos" porque hace ya años que yo lo
acompaño, por lo general me quedo a seguir toda la sesión, aunque algunas veces aprovecho
para ir a hacer algunas diligencias o trámites en el centro.
Ese jueves 12 de
abril me quedé sentada a pocos pasos de él, muy preocupada por su expresión
adolorida. Enseguida noté que no tomaba notas de lo que se hablaba, permanecía
inclinado sobre la mesa su mesa de trabajo, con los labios apretados para
disimular el sufrimiento. En la misma mesa tenía ubicado un grabador
periodístico, que llevo siempre como apoyo extra para registrar las sesiones, y
en la cinta ha quedado registrado en varias oportunidades cuando en voz muy
baja, él decía:
“Hay, qué dolor…” Es angustiante escuchar este lamento.
Fue dos veces al
baño, algo que jamás había hecho antes en el transcurso de una sesión. La
primera vez lo acompañé hasta la entrada del salón de sesiones, porque caminaba
tan vacilante y encorvado que tuve miedo que se cayera.
Volvió al rato y le
dije que estaba por ir a buscarlo. Me dijo: “Nunca se te ocurra hacer eso”.
Imaginé que no quería llamar la atención sobre su estado de salud, porque temía quedarse sin trabajo. Ocupó su
lugar y siguió allí, aunque sin escribir palabra alguna. A las 13.30 volvió a
ir al baño y ya mi intranquilidad se fue incrementando. Me quedé viendo como se
alejaba cabizbajo, inseguro, y me sentí culpable por no haber podido
convencerlo de faltar al trabajo.
Pasaban los minutos
y no regresaba. La intranquilidad comenzaba a tornarse en angustia, me lo
imaginaba caído en el baño, no sabía qué hacer hasta que entró Marcelo Sánchez,
un joven conocido, en el recinto y me hizo señas. Apenas me acerqué me dijo:
“Tu marido salió del baño descompuesto, dice que vayas que se quiere ir a la
casa”.
Santiago estaba apoyado
en la balaustrada del hall del primer piso, pálido y encorvado, en cuanto me
vio dijo que fuera a buscar sus cosas para irnos. Volví al recinto, junté sus
papeles en el portafolios y le avisé a Alejandra, su compañera de equipo, que
teníamos que irnos porque él estaba descompuesto.
Pensé que no podría
bajar las escaleras e intenté ir en busca de alguna ayuda, pero Santiago se
empecinó hacerlo sólo conmigo. Despacito, escalón por escalón, llegamos a la
planta baja, atravesamos el hall de entrada, apoyando todo su peso en mí.
Respiraba agitadamente, se veía pálido y su rostro reflejaba el dolor que lo
seguía acosando. Le pedía que fuéramos a la guardia de la Clínica, pero él
continuaba negándose, hasta que logramos salir al exterior, donde nos
aguardaban otros escalones para llegar hasta la vereda.
En ese momento me
llamó mi hermana por teléfono para preguntarme dónde quedaba la calle
Rivadavia, porque su hijo Martín debía venir a hacer un trabajo en esa calle.
Le comenté a ella lo que pasaba con Santiago y me recomendó que no dejara de llevarlo al médico.
Luego de mi
insistencia reiterada, Santiago aceptó –no de muy buena gana- ir hasta la clínica. El decía que no iban a
hacer nada allí, pero le hice ver que podrían hacerle alguna radiografía porque
había que saber a qué se debían sus dolores, y seguramente le darían algo para
calmarlos.
La clínica está tres
cuadras de la Municipalidad, pero era obvio que él no estaba en condiciones de
ir caminando, de modo que llamé un remis con mi celular y esperamos su llegada.
En la guardia de la clínica no había más de tres personas, pero lo dejé en la
sala de espera y fui a mesa de entradas para entregar el bono de la obra
social.
Hubo una espera más
larga de lo que hubiera imaginado, pero tal vez me lo pareció porque Santiago
seguía casi doblado por la mitad debido a su dolor abdominal. Cuando nos
hicieron pasar me encontré ante una doctora tan joven que parecía una alumna de
la escuela secundaria; no me inspiró confianza. Tuve que hablarle de la
tomografía que le habían hecho a Santiago y darle los antecedentes de su
malestar, entonces ella pareció dudar y llamó a otro médico, apenas un poco
mayor que ella, extremadamente delgado, pero con aire de eficiencia y seguridad
en sí mismo.
Apenas le reiteré los datos que había dado a su colega, hizo tacto
en el dolorido vientre y diagnosticó una posible diverticulitis. Miró a
Santiago y dijo:
“Se queda internado”, a la vez que sin duda alguna iniciaba el
pedido de internación.
Esperaba que
Santiago reaccionara rechazando la idea de internarse, pero en cambio lo aceptó
con una expresión resignada, que me sirvió para confirmar qué mal debía
sentirse.
domingo, 8 de julio de 2012
CRISIS DE DOLOR
En los siguientes
días advertía que empezaba a quejarse de dolores en el vientre, sobre todo en
la parte inferior, sobre el lado izquierdo, en forma de breves puntadas, que se
fueron haciendo más prolongadas con el correr de los días.
Luego se agregó una
molestia que nos acortó las horas de descanso nocturno: cada vez que tenía que
orinar, también sentía que perdía por el ano una pequeña muestra de materia
fecal. Hacía tiempo ya que orinaba varias veces durante la noche, algo que el
urólogo justificó aduciendo que su próstata estaba aumentada de tamaño, pero no
por un proceso maligno. Había tomado durante varios meses un medicamento para
controlar el crecimiento de la próstata, pero como no le hacía mucho efecto,
recientemente su doctor lo había reemplazado por Reduprost, cápsulas que le
habían mejorado bastante.
Como nuestro
dormitorio está alejado del cuarto de baño, usaba durante la noche un papagayo
para orinar, que luego yo vaciaba, pero debido a la incontinencia de materia
fecal, se veía forzado a ir al baño. Algunas veces no podía evitar que algo se
fuera escurriendo por sus piernas, dejando su huella por todo el trayecto.
Advirtiendo la situación, yo me levantaba junto con él para lavar el piso y el
baño, además de ayudarlo a higienizarse.
El se sentía muy
incómodo y humillado por esta situación, pero aún así se negaba a acudir nuevamente
al gastroenterólogo.
El miércoles 11 de
abril los dolores abdominales se hicieron más fuertes y sostenidos. Contradictoriamente,
tenía más apetito que nunca y se empeñó en comer lo más que pudo, algo que me
dejó desconcertada, por cierto.
Noté que iba al
baño seguido, seguía con espasmos que, según su descripción, me parecieron
semejantes a dolores de parto. Estuvo sufriendo todo el día, pero negándose a
visitar el servicio de guardia de la clínica, a pesar de mi insistencia. Lo que
más me preocupaba era que al siguiente había sesión en el Concejo Deliberante y
él, como único taquígrafo, estaba obligado a asistir para tomar notas de todo
lo que se dijera. Le sugerí que de continuar con estos dolores no podría hacer
su trabajo, pero él reaccionó casi con furia, porque en todos sus años como
taquígrafo solamente había faltado a una sesión, cuando sufrió un accidente
cerebro vascular, hacía ya doce años.
En vano fueron
todos mis intentos de hacerle entrar en razón, ya sea para llamar al servicio
de emergencia médica, ir a la clínica y aceptar que al día siguiente no podría
asistir al trabajo. Cuando se lo propone, Santiago puede ser un hombre muy
obstinado.
sábado, 7 de julio de 2012
Preparándose para la colonoscopía
Días después del cumpleaños llegó
la fecha para la colonoscopia.
La preparación consistía en beber cuatro litros de Barex, un líquido preparado añadiendo agua a un polvo blanco que venía en una bidón. Debía tomar un vaso cada quince minutos, pero Santiago a duras penas consiguió ingerir los primeros dos litros. Sentía náuseas, su vientre se había inflado como un globo y se negó terminantemente a continuar bebiendo el Barex.
La preparación consistía en beber cuatro litros de Barex, un líquido preparado añadiendo agua a un polvo blanco que venía en una bidón. Debía tomar un vaso cada quince minutos, pero Santiago a duras penas consiguió ingerir los primeros dos litros. Sentía náuseas, su vientre se había inflado como un globo y se negó terminantemente a continuar bebiendo el Barex.
Como el objetivo de esta
preparación era vaciar y limpiar completamente el intestino y no se generaban
evacuaciones, al ver su vientre tan hinchado me pareció prudente que dejara de
tomarlo, temiendo que tuviera diverticulos y pudieran estallar.
Sin embargo, los efectos de la
medicina llegaron por la noche, cuando Santiago se vio forzado a ir al baño
para evacuar el intestino, pero fue en forma de estallido que dejó los azulejos
del baño, los sanitarios y hasta el espejo rociados de materia fecal.
¡Pobre hombre! Se sintió
terriblemente mal, humillado, nervioso, no podía creer que todo aquello hubiera
podido salir de su propio cuerpo. No quería que yo me acercara, intentó limpiar
el baño lo mejor posible él solo, incluso tuvo que bañarse y cambiar toda su
ropa. Pero luego debí ejercer mis funciones de ama de casa, repasando su
precaria limpieza con baldes de agua con lavandina primero y desodorantes de
ambiente después. Me esforcé por consolarlo de su malestar, aunque luego hubo
un segundo estallido, de menores proporciones pero aún impresionante.
Al día siguiente tuve que llamar
a la clínica donde iban a hacerle la colonoscopía para avisar que Santiago no
se presentaría, debido a que no había podido hacer la preparación. La
secretaria del servicio me propuso amablemente fijar una nueva fecha, pero mi
marido se negó persistentemente a la idea de volver a pasar por ese proceso,
que definía como “asqueroso”.
Lejos estaba de imaginar que se
vería obligado a pasar procesos más desagradables aún en muy breve tiempo.
miércoles, 4 de julio de 2012
Festejando su cumpleaños 83º
Con el paso de los días el detalle más inquietante para mí fue advertir que aumentaba el rechazo de Santiago por la carne. Esto me preocupaba porque recordaba que una amiga solía repetirme que los enfermos de cáncer intestinal dejan de comer carne.
Esperando la fecha del estudio llegó cumpleaños número 83 de Santiago.
Como el clima seguía siendo benigno organicé una reunión familiar en el patio de la casa de mi vecina Ester, que es la dueña del departamentito donde vivimos. Es que no tenemos lugar para reunir más de seis personas en total, y como esta señora tiene por costumbre juntarse los sábados por la noche con tres amigas, aprovechando que su esposo sale de viaje, me pareció interesante la posibilidad de invitarlas también a ella y hacer más numeroso el grupo.
El día del cumpleños vinieron su hija mayor, fruto de su primer matrimonio, del cual enviudó, y los dos hijos de su segunda esposa, mis dos hijos varones y algunas nueras, nietos y las amigas de Ester.
Hice empanadas, pizzetas, compré sandwiches de miga y torta de cumpleaños de chocolate, que es la favorita de Santiago.
Fue una linda reunión, alegre y entretenida, él estuvo muy contento y durante días recordó con emoción la sorpresa que le había preparado.
Esperando la fecha del estudio llegó cumpleaños número 83 de Santiago.
Como el clima seguía siendo benigno organicé una reunión familiar en el patio de la casa de mi vecina Ester, que es la dueña del departamentito donde vivimos. Es que no tenemos lugar para reunir más de seis personas en total, y como esta señora tiene por costumbre juntarse los sábados por la noche con tres amigas, aprovechando que su esposo sale de viaje, me pareció interesante la posibilidad de invitarlas también a ella y hacer más numeroso el grupo.
El día del cumpleños vinieron su hija mayor, fruto de su primer matrimonio, del cual enviudó, y los dos hijos de su segunda esposa, mis dos hijos varones y algunas nueras, nietos y las amigas de Ester.
Hice empanadas, pizzetas, compré sandwiches de miga y torta de cumpleaños de chocolate, que es la favorita de Santiago.
Fue una linda reunión, alegre y entretenida, él estuvo muy contento y durante días recordó con emoción la sorpresa que le había preparado.
jueves, 28 de junio de 2012
De vuelta en casa
Al
día siguiente de nuestro regreso convencí a Santiago de hacerse ver en la
guardia de la cínica. Nos atendió una joven médica que muy tímidamente le palpó
con la mayor suavidad el abdomen descubriendo que ya no le dolía, pero al reiterarle
mi preocupación por lo ocurrido, le mandó hacer una RX de abdomen y tórax y
análisis de sangre de control, para ver si tenía algún proceso infeccioso. En
las radiografías lo único que aparecía era la presencia de gases, según
interpretó la doctora, pero nos aconsejó ver lo antes posible al
gastroenterólogo, Dr. Liziero.
Ese
mismo día intenté conseguir turno con el gastroenterólogo, pero la secretaria
me informó que solamente podía darme uno dentro de quince días. Como no quedé
conforme, fui personalmente a explicar lo que nos había sucedido en el
frustrado intento de vacaciones y la chica, tal vez conmovida por mi miserable
experiencia, se apresuró a indicarme que podía llevar al paciente en el horario
de atención del especialista y él lo atendería de inmediato.
Para
entonces, Santiago había pasado su crisis dolorosa y estaba más sereno, pero no
pudo eludir la visita al consultorio. Cuando le explicamos al facultativo lo
ocurrido no dudó en informarnos que la única alternativa para hacer un
diagnóstico seguro era la colonoscopía. Explicó someramente de qué se trataba y
nos entregó los formularios que había que presentar a la obra social, no sin
dejar de resaltar la importancia de hacer los trámites sin demoras.
Estábamos
a comienzos del mes de febrero. Cuando solicité telefónicamente un turno para el estudio, se me informó que el
especialista en colonoscopía estaba por salir de vacaciones en pocos días más y
que recién podrían empezar a dar nuevos turnos a partir del mes de marzo. Me
entregó un impreso que informaba sobre la preparación que se debía hacer en las
veinticuatro horas previas al estudio y a partir de allí, nos mantendríamos en
contacto por vía telefónica.
No
quedaba otra alternativa que armarse de paciencia
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