En los siguientes
días advertía que empezaba a quejarse de dolores en el vientre, sobre todo en
la parte inferior, sobre el lado izquierdo, en forma de breves puntadas, que se
fueron haciendo más prolongadas con el correr de los días.
Luego se agregó una
molestia que nos acortó las horas de descanso nocturno: cada vez que tenía que
orinar, también sentía que perdía por el ano una pequeña muestra de materia
fecal. Hacía tiempo ya que orinaba varias veces durante la noche, algo que el
urólogo justificó aduciendo que su próstata estaba aumentada de tamaño, pero no
por un proceso maligno. Había tomado durante varios meses un medicamento para
controlar el crecimiento de la próstata, pero como no le hacía mucho efecto,
recientemente su doctor lo había reemplazado por Reduprost, cápsulas que le
habían mejorado bastante.
Como nuestro
dormitorio está alejado del cuarto de baño, usaba durante la noche un papagayo
para orinar, que luego yo vaciaba, pero debido a la incontinencia de materia
fecal, se veía forzado a ir al baño. Algunas veces no podía evitar que algo se
fuera escurriendo por sus piernas, dejando su huella por todo el trayecto.
Advirtiendo la situación, yo me levantaba junto con él para lavar el piso y el
baño, además de ayudarlo a higienizarse.
El se sentía muy
incómodo y humillado por esta situación, pero aún así se negaba a acudir nuevamente
al gastroenterólogo.
El miércoles 11 de
abril los dolores abdominales se hicieron más fuertes y sostenidos. Contradictoriamente,
tenía más apetito que nunca y se empeñó en comer lo más que pudo, algo que me
dejó desconcertada, por cierto.
Noté que iba al
baño seguido, seguía con espasmos que, según su descripción, me parecieron
semejantes a dolores de parto. Estuvo sufriendo todo el día, pero negándose a
visitar el servicio de guardia de la clínica, a pesar de mi insistencia. Lo que
más me preocupaba era que al siguiente había sesión en el Concejo Deliberante y
él, como único taquígrafo, estaba obligado a asistir para tomar notas de todo
lo que se dijera. Le sugerí que de continuar con estos dolores no podría hacer
su trabajo, pero él reaccionó casi con furia, porque en todos sus años como
taquígrafo solamente había faltado a una sesión, cuando sufrió un accidente
cerebro vascular, hacía ya doce años.
En vano fueron
todos mis intentos de hacerle entrar en razón, ya sea para llamar al servicio
de emergencia médica, ir a la clínica y aceptar que al día siguiente no podría
asistir al trabajo. Cuando se lo propone, Santiago puede ser un hombre muy
obstinado.
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