sábado, 28 de julio de 2012

EL DIAGNOSTICO


EL DIAGNOSTICO

Mientras fui a hacer los trámites iniciales de internación, lo llevaron a una salita contigua y lo acostaron en una camilla. Enseguida le colocaron suero. Más tarde vinieron dos enfermeras a llevarlo hasta el cuarto asignado, que resultó ser la habitación Nº3, que me pareció linda y cómoda. Bueno, tan linda como puede ser la habitación de una clínica. Enseguida una encargada del laboratorio fue a extraerle sangre y nos dejó un recipiente para juntar orina para completar el examen, lo que hicimos de inmediato.

Llamé por teléfono a su hijo Daniel, que vino enseguida y se quedó con él mientras yo completaba un trámite en la obra social, que está a dos cuadras de la clínica. Luego volví a casa a buscarle ropa, comer algo, sacar a Lola -mi perra- a dar un paseo breve y darle su alimento. Le conté lo ocurrido a mi hermana y a mi nuera Sonia, que se mostraron preocupadas y ofrecieron su ayuda en lo que pudieran.

Qué cosa curiosa, a veces me pregunto cómo una virtud tan publicitada como la solidaridad puede estar concentrada en unas pocas personas. Porque mi hermana está a cargo de mi mamá, vive dedicada a su cuidado permanente, la baña, la viste, la ayuda a levantarse para llegar hasta la mesa, la lleva al médico y le da los medicamentos, la mima y la acompaña, ¿y aún le quedan energías para ofrecerse a ayudarme a atender a mi marido internado?

Mi nuera Sonia trabaja, es ama de casa, debe atender a mi nieto Juan Pablo, que es discapacitado motriz y, sin embargo, siempre está dispuesta a ofrecer su ayuda. Por momentos, me siento casi avergonzada en comparación a ellas, porque yo no tengo ni tantas obligaciones ni tantas exigencias y me siento débil frente a las pruebas que me sacan de la rutina serena y apacible de mi vida.

Más tarde pasó el gastroenterólogo, Dr. Lizziero, y nos informó que había pedido una radiografía y una ecografía abdominal, que se haría al día siguiente. Lo curioso fue que a esa hora ya habían servido la cena: sopa, zapallo, zanahorias y zapallito en trozos pequeños, pollo hervido y gelatina, y Santiago había comenzado a comer con el mayor entusiasmo.

Al verlo, el doctor exclamó:  “¿Qué está haciendo usted con comida?”, y se la quitó. ¡Es que tenía que estar en ayuno absoluto hasta que le hicieran esos estudios!

Santiago se puso furioso, dijo que tenía un hambre que “no lo podía creer”. Claro que para entonces el suero con calmantes y antibióticos que le estaban colocando le había hecho desaparecer los dolores y parecía haber olvidado las razones por las que lo habían internado. En esos momentos, es muy difícil hacerlo entrar en razón y entender que algo serio debía tener y no le quedaba otra alternativa que hacerse los estudios necesarios para saber qué tenía.

Esa noche me quedé con él. En la habitación había dos sillas con apoyabrazos, de cuerina negra y muy acolchada, mucho mejor que las sillas de duro plástico que tenían durante sus internaciones anteriores. Sin embargo, dormir fue casi imposible: dos cabeceadas y una enfermera que entraba para hacer controles, cambiar el suero o dar medicación, Santiago pidiendo el papagayo, que lo tapara porque tenía frío, luego sus ronquidos, unidos al de su compañero de cuarto y esporádicos lamentos de ambos. Miraba la hora a cada rato y parecía imposible que tan solo hubieran transcurrido unos minutos.

Al fin, a eso de las 7, comenzaron a llegar las enfermeras del turno de 6 a 14 a hacer los controles y media hora después, me hicieron salir para ocuparse de “higienizar a los pacientes”. Cuando me permitieron volver a entrar, Santiago estaba sentado en una silla, cambiadito y con los cabellos revueltos. Con una mezcla de asombro y gracia, comentó: “¡Me bañaron entre tres enfermeras! ¡Me dejaron brilloso!”

Lo llevaron a hacer la RX, lo volvieron a acostar y a la tarde, sin almorzar, vinieron a buscarlo para llevarlo hasta el servicio de Ecografía, que estaba a pocos pasos, cruzando el pasillo. Yo pregunté a la enfermera quién iba a hacer la ecografía y me dijo que una doctora. Había tenido la esperanza de que fuera el Dr. Russo, con quien trabajé hace más de veinte años como secretaria de Tomografía Computada, un profesional en quien confío profundamente y una excelente persona, pero como me dijeron que no, salí a tomar aire en el jardín de la clínica. Cuando volví a entrar, Santiago ya estaba en la habitación y me dijo que la ecografía la había hecho el Dr. Russo y que había salido al pasillo a buscarme para hablar conmigo, pero yo no estaba. Un velado reproche.

Me crucé varias veces hasta el servicio de Ecografía, hasta que encontré al Dr. Russo entregando los resultados de un estudio a las secretarias. Apenas me vio me hizo pasar, me presentó a las chicas y me comentó que “había encontrado imágenes heterogéneas en el hígado y pulmones”, que aconsejaba hacer una tomografía. Le conté que ya la habían hecho y llamó al servicio de Tomografía para preguntar qué habían hallado en ese estudio.  Se volvió hacia mí y me dijo que la TAC había confirmado su diagnóstico y que pensaba que las imágenes en hígado y pulmones se habían originado en el colon.

En ningún momento pronunció la palabra “cáncer”, pero yo tenía suficientes conocimientos del lenguaje usado en ecografías y tomografías para saber que a eso se refería al hablar de las “imágenes heterogéneas”. Sentí un enorme peso que caía sobre mí, y la mirada compasiva en los ojos oscuros del doctor Russo no hizo más que confirmar mis deducciones.

Regresé a la habitación disimulando mi aflicción, inventé explicaciones sin importancia que el doctor no había dicho, y empecé a preguntarme cuál sería la versión del Dr. Lizziero. Salí a buscarlo y lo encontré saliendo de la oficina de enfermería, donde los médicos llenaban sus informes y dejaban las indicaciones en las carpetas de los pacientes. “Hay un hombre hambriento que lo está esperando”, le dije, porque Santiago seguía quejándose de que aun estaba sin comer.

“Sí, pero antes quería hablar con vos”, dijo Lizziero. ¿O dijo “con usted”? Ya no estoy segura. Y antes de que pudiera salir de la conmoción que anticipaba sus palabras preparatorias, lanzó el diagnóstico: “Es cáncer de colon con metástasis en hígado y pulmones. Inoperable”.

Así fue. Sin metáforas y rodeos, sin pronunciar palabra alguna que pudiera servir de consuelo o vana esperanza. Agregó que la única posibilidad sería quimioterapia para reducir los tumores, pero enseguida le conté de mi experiencia con mi hermana Lourdes, de sus vanos intentos de mejora y le dije que yo no quería someter a mi marido a semejantes sufrimientos.

El médico me preguntó si le debía informar la verdad a Santiago o no. Y yo, que siempre sostuve que los médicos no deben ocultar la verdad a sus pacientes ni a los familiares, que la gente tiene derecho a saber lo que tiene y decidir cómo seguir adelante, me quedé allí, dudando. Ya no estaba segura de que era tan fácil decir la verdad y mucho menos, conociendo la personalidad de Santiago, de cuál sería su reacción si le dijéramos tan francamente que tenía un cáncer demasiado avanzado. Le dije que prefería esperar un poco. Quiso saber si no había algún hijo con el que hablar, pero le respondí que en la clínica estaba yo sola.

Y otra vez tuve que volver a la habitación disimulando mi angustia, sonriendo para decirle a mi marido que iban a traerle algo para comer, inventando razones para la decisión del médico de hacerlo quedarse hasta el día siguiente para hacerle la colonoscopía que él se había negado obstinadamente a hacerse cuando empezaron sus síntomas sospechosos.

Parece que soy buena actriz, porque Santiago no advirtió nada anormal en mí. Se alegró de que le sirvieran un tardío almuerzo y se fastidió al saber que no podría eludir el nuevo estudio, pero traté de animarlo con el argumento de que era mejor salir de la clínica con todo hecho y un tratamiento para lo que le causaba tantos dolores.

Esa misma tarde llamé a mi hermana por teléfono y le informé del diagnóstico recibido. Me quedó grabado que dijo: “Ojalá no tenga que sufrir tanto como sufrió Lourdes”.

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