EL DIAGNOSTICO
Mientras fui a
hacer los trámites iniciales de internación, lo llevaron a una salita contigua
y lo acostaron en una camilla. Enseguida le colocaron suero. Más tarde vinieron
dos enfermeras a llevarlo hasta el cuarto asignado, que resultó ser la
habitación Nº3, que me pareció linda y cómoda. Bueno, tan linda como puede ser
la habitación de una clínica. Enseguida una encargada del laboratorio fue a
extraerle sangre y nos dejó un recipiente para juntar orina para completar el
examen, lo que hicimos de inmediato.
Llamé por teléfono
a su hijo Daniel, que vino enseguida y se quedó con él mientras yo completaba
un trámite en la obra social, que está a dos cuadras de la clínica. Luego volví
a casa a buscarle ropa, comer algo, sacar a Lola -mi perra- a dar un paseo
breve y darle su alimento. Le conté lo ocurrido a mi hermana y a mi nuera Sonia,
que se mostraron preocupadas y ofrecieron su ayuda en lo que pudieran.
Qué cosa curiosa, a
veces me pregunto cómo una virtud tan publicitada como la solidaridad puede
estar concentrada en unas pocas personas. Porque mi hermana está a cargo de mi
mamá, vive dedicada a su cuidado permanente, la baña, la viste, la ayuda a
levantarse para llegar hasta la mesa, la lleva al médico y le da los
medicamentos, la mima y la acompaña, ¿y aún le quedan energías para ofrecerse a
ayudarme a atender a mi marido internado?
Mi nuera Sonia
trabaja, es ama de casa, debe atender a mi nieto Juan Pablo, que es
discapacitado motriz y, sin embargo, siempre está dispuesta a ofrecer su ayuda.
Por momentos, me siento casi avergonzada en comparación a ellas, porque yo no
tengo ni tantas obligaciones ni tantas exigencias y me siento débil frente a las
pruebas que me sacan de la rutina serena y apacible de mi vida.
Más tarde pasó el
gastroenterólogo, Dr. Lizziero, y nos informó que había pedido una radiografía
y una ecografía abdominal, que se haría al día siguiente. Lo curioso fue que a
esa hora ya habían servido la cena: sopa, zapallo, zanahorias y zapallito en
trozos pequeños, pollo hervido y gelatina, y Santiago había comenzado a comer
con el mayor entusiasmo.
Al verlo, el doctor
exclamó: “¿Qué está haciendo usted con
comida?”, y se la quitó. ¡Es que tenía que estar en ayuno absoluto hasta que le
hicieran esos estudios!
Santiago se puso
furioso, dijo que tenía un hambre que “no lo podía creer”. Claro que para
entonces el suero con calmantes y antibióticos que le estaban colocando le
había hecho desaparecer los dolores y parecía haber olvidado las razones por
las que lo habían internado. En esos momentos, es muy difícil hacerlo entrar en
razón y entender que algo serio debía tener y no le quedaba otra alternativa
que hacerse los estudios necesarios para saber qué tenía.
Esa noche me quedé
con él. En la habitación había dos sillas con apoyabrazos, de cuerina negra y
muy acolchada, mucho mejor que las sillas de duro plástico que tenían durante
sus internaciones anteriores. Sin embargo, dormir fue casi imposible: dos
cabeceadas y una enfermera que entraba para hacer controles, cambiar el suero o
dar medicación, Santiago pidiendo el papagayo, que lo tapara porque tenía frío,
luego sus ronquidos, unidos al de su compañero de cuarto y esporádicos lamentos
de ambos. Miraba la hora a cada rato y parecía imposible que tan solo hubieran
transcurrido unos minutos.
Al fin, a eso de
las 7, comenzaron a llegar las enfermeras del turno de 6 a 14 a hacer los
controles y media hora después, me hicieron salir para ocuparse de “higienizar
a los pacientes”. Cuando me permitieron volver a entrar, Santiago estaba
sentado en una silla, cambiadito y con los cabellos revueltos. Con una mezcla
de asombro y gracia, comentó: “¡Me bañaron entre tres enfermeras! ¡Me dejaron
brilloso!”
Lo llevaron a hacer
la RX, lo volvieron a acostar y a la tarde, sin almorzar, vinieron a buscarlo
para llevarlo hasta el servicio de Ecografía, que estaba a pocos pasos,
cruzando el pasillo. Yo pregunté a la enfermera quién iba a hacer la ecografía
y me dijo que una doctora. Había tenido la esperanza de que fuera el Dr. Russo,
con quien trabajé hace más de veinte años como secretaria de Tomografía
Computada, un profesional en quien confío profundamente y una excelente
persona, pero como me dijeron que no, salí a tomar aire en el jardín de la
clínica. Cuando volví a entrar, Santiago ya estaba en la habitación y me dijo
que la ecografía la había hecho el Dr. Russo y que había salido al pasillo a
buscarme para hablar conmigo, pero yo no estaba. Un velado reproche.
Me crucé varias
veces hasta el servicio de Ecografía, hasta que encontré al Dr. Russo
entregando los resultados de un estudio a las secretarias. Apenas me vio me
hizo pasar, me presentó a las chicas y me comentó que “había encontrado
imágenes heterogéneas en el hígado y pulmones”, que aconsejaba hacer una
tomografía. Le conté que ya la habían hecho y llamó al servicio de Tomografía
para preguntar qué habían hallado en ese estudio. Se volvió hacia mí y me dijo que la TAC había
confirmado su diagnóstico y que pensaba que las imágenes en hígado y pulmones
se habían originado en el colon.
En ningún momento
pronunció la palabra “cáncer”, pero yo tenía suficientes conocimientos del
lenguaje usado en ecografías y tomografías para saber que a eso se refería al
hablar de las “imágenes heterogéneas”. Sentí un enorme peso que caía sobre mí,
y la mirada compasiva en los ojos oscuros del doctor Russo no hizo más que
confirmar mis deducciones.
Regresé a la
habitación disimulando mi aflicción, inventé explicaciones sin importancia que
el doctor no había dicho, y empecé a preguntarme cuál sería la versión del Dr.
Lizziero. Salí a buscarlo y lo encontré saliendo de la oficina de enfermería,
donde los médicos llenaban sus informes y dejaban las indicaciones en las
carpetas de los pacientes. “Hay un hombre hambriento que lo está esperando”, le
dije, porque Santiago seguía quejándose de que aun estaba sin comer.
“Sí, pero antes
quería hablar con vos”, dijo Lizziero. ¿O dijo “con usted”? Ya no estoy segura.
Y antes de que pudiera salir de la conmoción que anticipaba sus palabras
preparatorias, lanzó el diagnóstico: “Es cáncer de colon con metástasis en
hígado y pulmones. Inoperable”.
Así fue. Sin
metáforas y rodeos, sin pronunciar palabra alguna que pudiera servir de
consuelo o vana esperanza. Agregó que la única posibilidad sería quimioterapia
para reducir los tumores, pero enseguida le conté de mi experiencia con mi
hermana Lourdes, de sus vanos intentos de mejora y le dije que yo no quería
someter a mi marido a semejantes sufrimientos.
El médico me
preguntó si le debía informar la verdad a Santiago o no. Y yo, que siempre
sostuve que los médicos no deben ocultar la verdad a sus pacientes ni a los
familiares, que la gente tiene derecho a saber lo que tiene y decidir cómo
seguir adelante, me quedé allí, dudando. Ya no estaba segura de que era tan
fácil decir la verdad y mucho menos, conociendo la personalidad de Santiago, de
cuál sería su reacción si le dijéramos tan francamente que tenía un cáncer
demasiado avanzado. Le dije que prefería esperar un poco. Quiso saber si no
había algún hijo con el que hablar, pero le respondí que en la clínica estaba yo
sola.
Y otra vez tuve que
volver a la habitación disimulando mi angustia, sonriendo para decirle a mi
marido que iban a traerle algo para comer, inventando razones para la decisión
del médico de hacerlo quedarse hasta el día siguiente para hacerle la colonoscopía
que él se había negado obstinadamente a hacerse cuando empezaron sus síntomas
sospechosos.
Parece que soy
buena actriz, porque Santiago no advirtió nada anormal en mí. Se alegró de que
le sirvieran un tardío almuerzo y se fastidió al saber que no podría eludir el
nuevo estudio, pero traté de animarlo con el argumento de que era mejor salir
de la clínica con todo hecho y un tratamiento para lo que le causaba tantos
dolores.
Esa misma tarde
llamé a mi hermana por teléfono y le informé del diagnóstico recibido. Me quedó
grabado que dijo: “Ojalá no tenga que sufrir tanto como sufrió Lourdes”.
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