jueves, 28 de junio de 2012

De vuelta en casa


Al día siguiente de nuestro regreso convencí a Santiago de hacerse ver en la guardia de la cínica. Nos atendió una joven médica que muy tímidamente le palpó con la mayor suavidad el abdomen descubriendo que ya no le dolía, pero al reiterarle mi preocupación por lo ocurrido, le mandó hacer una RX de abdomen y tórax y análisis de sangre de control, para ver si tenía algún proceso infeccioso. En las radiografías lo único que aparecía era la presencia de gases, según interpretó la doctora, pero nos aconsejó ver lo antes posible al gastroenterólogo, Dr. Liziero.

Ese mismo día intenté conseguir turno con el gastroenterólogo, pero la secretaria me informó que solamente podía darme uno dentro de quince días. Como no quedé conforme, fui personalmente a explicar lo que nos había sucedido en el frustrado intento de vacaciones y la chica, tal vez conmovida por mi miserable experiencia, se apresuró a indicarme que podía llevar al paciente en el horario de atención del especialista y él lo atendería de inmediato.

Para entonces, Santiago había pasado su crisis dolorosa y estaba más sereno, pero no pudo eludir la visita al consultorio. Cuando le explicamos al facultativo lo ocurrido no dudó en informarnos que la única alternativa para hacer un diagnóstico seguro era la colonoscopía. Explicó someramente de qué se trataba y nos entregó los formularios que había que presentar a la obra social, no sin dejar de resaltar la importancia de hacer los trámites sin demoras.

Estábamos a comienzos del mes de febrero. Cuando solicité telefónicamente un  turno para el estudio, se me informó que el especialista en colonoscopía estaba por salir de vacaciones en pocos días más y que recién podrían empezar a dar nuevos turnos a partir del mes de marzo. Me entregó un impreso que informaba sobre la preparación que se debía hacer en las veinticuatro horas previas al estudio y a partir de allí, nos mantendríamos en contacto por vía telefónica.
No quedaba otra alternativa que armarse de paciencia

miércoles, 27 de junio de 2012




Llegamos a Santa Teresita al amanecer. Como el horario de ingreso al hotel era a las 11 de la mañana nos limitamos a dejar el equipaje en la recepción y fuimos caminando hasta la playa, que estaba apenas a media cuadra. Fue la primera vez en la vida que estaba frente al mar a esa hora y me pareció una experiencia fascinante. Era bello el mar, la arena humedecida, que se hundía bajo nuestro peso, y algunos grupos de jóvenes bullangueros y felices, que correteaban entre risas de un lado al otro. Recién largo rato después se me ocurrió pensar que no habían madrugado para ir hasta la playa sino que recién estaban regresando de una excitante experiencia de vida nocturna.

Santiago  se cansó enseguida y no quedó más alternativa que regresar al hotel y permanecer un rato sentados en la recepción, dejando pasar las horas mientras veíamos como la calle iba cobrando vida paulatinamente.

La habitación estaba en el primer piso, tal como me había advertido el encargado al hacer las reservas, porque, según él, estaban mejor equipadas. Pero la verdad es que el cuarto fue un fiasco para mí; la cama matrimonial era antigua, baja, con un colchón de escaso espesor, tenía solamente una mesita de luz, un televisor pequeño sobre una mesita que se movía de solo mirarla y un pequeño placar empotrado junto a la puerta de entrada. El ventilador de techo funcionaba a una sola velocidad, con un ruido áspero que hacía temer que se cayera en cualquier momento.

El baño era más lamentable aún: pequeño, con un inodoro bajito como de jardín de infantes y una minúscula pileta, piso desparejo y un espejo descascarado en que apenas era posible mirarse. La ventana del cuarto daba a una parte de los techos del mismo edificio, aunque un poco más allá se alcanzaba a divisar un trozo de la calle, a la altura de la esquina.

Me sentí decepcionada. La hora de llegada había sido inadecuada, el agotamiento fácil de mi marido me hacía prever que sería imposible hacer aquellas caminatas por la arena con las que había soñado y el alojamiento que tanto tiempo y energías me había llevado elegir resultaba ser un fraude. Pero ya no era posible volver atrás, de modo que suspiré profundamente y me resigné a llevar lo mejor posible los días siguientes.

Que no pudieron ser muchos, porque al tercer día mi esposo empezó a quejarse de un fuerte dolor en la parte baja del abdomen, amagaba ir al baño pero como no le daban las fuerzas para levantarse de la cama debía ser yo la que me esforzara para ayudarlo. Y luego, se quejaba del inodoro demasiado bajito y debía volver a ayudarlo para levantarse, el dolor seguía incrementándose, el se lamentaba continuamente.

 Averigüé si había alguna clínica a la cual acudir, pero el encargado de turno en el hotel me informó que la única disponible no era muy buena y sí muy cara, en tanto que el hospital local dejaba mucho que desear. Entonces, tomé una decisión drástica: dejé a mi esposo acostado y fui en remis hasta la terminal de ómnibus, busqué la ventanilla correspondiente a la empresa por la cual viajamos y solicité el cambio de los pasajes para ese mismo día. Pensé que sería imposible, pero no tuve ninguna dificultad, ya que conseguí pasajes para regresar esa misma noche.

Cuando le di la noticia a Santiago se mostró compungido, me acusó de haber tomado una decisión apresurada, pero yo estaba segura de que era lo más prudente. En mi ciudad conozca la clínica que atiende por nuestra obra social, los médicos me son familiares, hasta las enfermeras son conocidas, y tengo a mis hijos a mano en caso de necesitar de su ayuda.

En ese momento, lo más penoso para mí fue tomar conciencia de que ya no podría contar con las acostumbradas vacaciones de verano, porque sin duda, la salud de mi marido daba inequívocas señales de que se iba deteriorando irremediablemente.

Lo que aún no sabía era el verdadero significado de ese deterioro y las reales consecuencias que habría de tener en nuestras vidas.

lunes, 25 de junio de 2012


Comienzo este diario para contar una historia que a muchos les parecerá familiar. Es una historia que se repite a diario en miles de hogares de todo el mundo, una historia que puede comenzar de una manera semejante o bien distinta, pero que involucra los mismos sentimientos y posibilidades semejantes.

Todo comenzó como en una de esas películas norteamericanas donde todos los personajes parecen vivir vidas felices  y armoniosas, hasta que un día un acontecimiento que parece insignificante y cuya importancia la mayoría tiende a desestimar, inicia una sucesión de desastres que terminarán en una catástrofe.

Hasta mediados del año pasado Santiago -mi marido- y yo vivíamos una vida rutinaria y tranquila, hasta podría decirse un tanto aburrida. Desde hacía diez años mi esposo tenía ciertas limitaciones de movilidad, que se iniciaron con un ACV del que no pudo rehabilitarse de manera adecuada, pero gozábamos de ciertos placeres, como ir a comer afuera, visitar a nuestros hijos, mirar vidrieras en el centro de la ciudad donde vivimos y organizar los festejos de nuestros cumpleaños y otras reuniones familiares. Por el trabajo de él estábamos relacionados casi forzosamente al ambiente de la política local y solíamos tener largas conversaciones sobre estos temas, incluso llevados al nivel nacional.

Las señales comenzaron de una manera muy solapada. Un día, el comió menos de lo acostumbrado y dijo que “se sentía lleno”. La verdad, pensé que era una excusa para no decir que no le gustaba la comida, por más que era uno de sus platos favoritos y siempre elogió mis dotes culinarias. Esto volvió a repetirse en varias oportunidades.

Otra vez comentó que sentía algunas molestias en el abdomen, y aunque no lo dijo, advertí que visitaba el baño mucho más seguido de lo que había sido habitual hasta entonces. De noche sus gases se fueron tornando desagradablemente olorosos y su apetito continuó en permanente disminución.

Mi hijo Pablo, que era el que con mayor frecuencia nos invitaba a comer a su casa, notó con asombro que apenas probaba el asado, pero lo descartamos como causa de preocupación porque Santiago tenía unos cuantos kilos de sobrepeso y nos parecía bueno que empezara a bajarlos.

Y de hecho, los fue bajando, a la vez que se notaba cada vez más decaído y con deseos de pasar más tiempo durmiendo la siesta, a veces no quería cenar y hasta rechazaba el desayuno para quedarse en cama hasta casi el mediodía.

Pensamos que podría estar pasando por un período depresivo, si bien no aparecían motivos que pudieran justificarlo. Yo, que suelo pasar por el tormento de la depresión desde pequeña, lo acepté como algo posible.

Sin embargo, empezaba a sentirme intranquila y cuando hallé pequeñas manchas de sangre en su ropa interior, logré convencerlo de la necesidad de visitar al urólogo. Pero el especialista aseguró que su próstata solamente estaba un poco aumentada de tamaño, pero no sufría un proceso maligno.

Entonces, busqué un gastroenterólogo para consultar; de los tres que había en mi ciudad, solamente uno atendía por nuestra obra social. Al parecer, la mitad de los vecinos de Luján sufría algún tipo de trastorno digestivo, porque nos dio turno para el mes siguiente.

Para entonces, yo estaba francamente preocupada por los síntomas que veía en Santiago, que ya había bajado diez kilos de peso y seguía inapetente y con serias irregularidades en su proceso digestivo. Pero el especialista no dio ninguna señal que pudiera fomentar mis temores, se limitó a recetarle un medicamento, aclarando que, si no se veían mejorías en su estado, debíamos volver a consultarlo.

En el prospecto del medicamento señalaba que no debía repetirse sin autorización médica, de modo que al advertir que mi esposo seguía con las mismas molestias, volvimos al consultorio del especialista.

Esta vez, el médico explicó que la mejor manera de establecer las razones de sus problemas sería una colonoscopía, pero iba a comenzar solicitando una tomografía computada de abdomen, que era un proceso menos traumático y serviría para confirmar si la colonoscopía era o no imprescindible.

Hecha la tomografía, saqué el turno para una nueva consulta con el especialista, pero mi esposo se negó a asistir a la cita, asegurando que en la tomografía no había determinado nada grave. La verdad es que el informe señalaba un engrosamiento del colon sigmoideo, que debía ser estudiado, pero a él no le pareció un diagnóstico tan alarmante.

Para entonces había llegado el verano y, como lo veníamos haciendo todos los años, busqué prolijamente en Internet hasta hallar un hotel en Santa Teresita que me pareció adecuado para pasar allí unos días. Me imaginaba unos pacíficos días de playa, recorriendo la peatonal y sacándonos fotografías para compartir con nuestros hijos y nietos, aunque por momentos tenía algunas dudas sobre la conveniencia de emprender este viaje con una persona que sufría dolores abdominales y molestias digestivas, como era el caso de mi marido.

El no se mostraba interesado en los preparativos de estas vacaciones, parecía que tan solo estaba aprobando lo que yo hacía sin resistirse, pero sin apoyarme tampoco. Aun con mis dudas, tomé la equivocada decisión de reservar los pasajes, el hotel y comprar una nueva reposera y hasta una carpa playera, que ni siquiera estaba segura de que podría armar.