Comienzo
este diario para contar una historia que a muchos les parecerá familiar. Es una
historia que se repite a diario en miles de hogares de todo el mundo, una
historia que puede comenzar de una manera semejante o bien distinta, pero que
involucra los mismos sentimientos y posibilidades semejantes.
Todo
comenzó como en una de esas películas norteamericanas donde todos los
personajes parecen vivir vidas felices y
armoniosas, hasta que un día un acontecimiento que parece insignificante y cuya
importancia la mayoría tiende a desestimar, inicia una sucesión de desastres
que terminarán en una catástrofe.
Hasta
mediados del año pasado Santiago -mi marido- y yo vivíamos una vida rutinaria y
tranquila, hasta podría decirse un tanto aburrida. Desde hacía diez años mi
esposo tenía ciertas limitaciones de movilidad, que se iniciaron con un ACV del
que no pudo rehabilitarse de manera adecuada, pero gozábamos de ciertos
placeres, como ir a comer afuera, visitar a nuestros hijos, mirar vidrieras en
el centro de la ciudad donde vivimos y organizar los festejos de nuestros
cumpleaños y otras reuniones familiares. Por el trabajo de él estábamos
relacionados casi forzosamente al ambiente de la política local y solíamos
tener largas conversaciones sobre estos temas, incluso llevados al nivel
nacional.
Las
señales comenzaron de una manera muy solapada. Un día, el comió menos de lo
acostumbrado y dijo que “se sentía lleno”. La verdad, pensé que era una excusa
para no decir que no le gustaba la comida, por más que era uno de sus platos
favoritos y siempre elogió mis dotes culinarias. Esto volvió a repetirse en
varias oportunidades.
Otra
vez comentó que sentía algunas molestias en el abdomen, y aunque no lo dijo,
advertí que visitaba el baño mucho más seguido de lo que había sido habitual
hasta entonces. De noche sus gases se fueron tornando desagradablemente
olorosos y su apetito continuó en permanente disminución.
Mi
hijo Pablo, que era el que con mayor frecuencia nos invitaba a comer a su casa,
notó con asombro que apenas probaba el asado, pero lo descartamos como causa de
preocupación porque Santiago tenía unos cuantos kilos de sobrepeso y nos
parecía bueno que empezara a bajarlos.
Y de
hecho, los fue bajando, a la vez que se notaba cada vez más decaído y con
deseos de pasar más tiempo durmiendo la siesta, a veces no quería cenar y hasta
rechazaba el desayuno para quedarse en cama hasta casi el mediodía.
Pensamos
que podría estar pasando por un período depresivo, si bien no aparecían motivos
que pudieran justificarlo. Yo, que suelo pasar por el tormento de la depresión
desde pequeña, lo acepté como algo posible.
Sin
embargo, empezaba a sentirme intranquila y cuando hallé pequeñas manchas de
sangre en su ropa interior, logré convencerlo de la necesidad de visitar al
urólogo. Pero el especialista aseguró que su próstata solamente estaba un poco
aumentada de tamaño, pero no sufría un proceso maligno.
Entonces,
busqué un gastroenterólogo para consultar; de los tres que había en mi ciudad,
solamente uno atendía por nuestra obra social. Al parecer, la mitad de los
vecinos de Luján sufría algún tipo de trastorno digestivo, porque nos dio turno
para el mes siguiente.
Para
entonces, yo estaba francamente preocupada por los síntomas que veía en Santiago,
que ya había bajado diez kilos de peso y seguía inapetente y con serias
irregularidades en su proceso digestivo. Pero el especialista no dio ninguna
señal que pudiera fomentar mis temores, se limitó a recetarle un medicamento,
aclarando que, si no se veían mejorías en su estado, debíamos volver a
consultarlo.
En el
prospecto del medicamento señalaba que no debía repetirse sin autorización
médica, de modo que al advertir que mi esposo seguía con las mismas molestias,
volvimos al consultorio del especialista.
Esta
vez, el médico explicó que la mejor manera de establecer las razones de sus
problemas sería una colonoscopía, pero iba a comenzar solicitando una
tomografía computada de abdomen, que era un proceso menos traumático y serviría
para confirmar si la colonoscopía era o no imprescindible.
Hecha
la tomografía, saqué el turno para una nueva consulta con el especialista, pero
mi esposo se negó a asistir a la cita, asegurando que en la tomografía no había
determinado nada grave. La verdad es que el informe señalaba un engrosamiento
del colon sigmoideo, que debía ser estudiado, pero a él no le pareció un diagnóstico
tan alarmante.
Para
entonces había llegado el verano y, como lo veníamos haciendo todos los años, busqué
prolijamente en Internet hasta hallar un hotel en Santa Teresita que me pareció
adecuado para pasar allí unos días. Me imaginaba unos pacíficos días de playa,
recorriendo la peatonal y sacándonos fotografías para compartir con nuestros
hijos y nietos, aunque por momentos tenía algunas dudas sobre la conveniencia
de emprender este viaje con una persona que sufría dolores abdominales y
molestias digestivas, como era el caso de mi marido.
El no
se mostraba interesado en los preparativos de estas vacaciones, parecía que tan
solo estaba aprobando lo que yo hacía sin resistirse, pero sin apoyarme
tampoco. Aun con mis dudas, tomé la equivocada decisión de reservar los
pasajes, el hotel y comprar una nueva reposera y hasta una carpa playera, que
ni siquiera estaba segura de que podría armar.