miércoles, 27 de junio de 2012




Llegamos a Santa Teresita al amanecer. Como el horario de ingreso al hotel era a las 11 de la mañana nos limitamos a dejar el equipaje en la recepción y fuimos caminando hasta la playa, que estaba apenas a media cuadra. Fue la primera vez en la vida que estaba frente al mar a esa hora y me pareció una experiencia fascinante. Era bello el mar, la arena humedecida, que se hundía bajo nuestro peso, y algunos grupos de jóvenes bullangueros y felices, que correteaban entre risas de un lado al otro. Recién largo rato después se me ocurrió pensar que no habían madrugado para ir hasta la playa sino que recién estaban regresando de una excitante experiencia de vida nocturna.

Santiago  se cansó enseguida y no quedó más alternativa que regresar al hotel y permanecer un rato sentados en la recepción, dejando pasar las horas mientras veíamos como la calle iba cobrando vida paulatinamente.

La habitación estaba en el primer piso, tal como me había advertido el encargado al hacer las reservas, porque, según él, estaban mejor equipadas. Pero la verdad es que el cuarto fue un fiasco para mí; la cama matrimonial era antigua, baja, con un colchón de escaso espesor, tenía solamente una mesita de luz, un televisor pequeño sobre una mesita que se movía de solo mirarla y un pequeño placar empotrado junto a la puerta de entrada. El ventilador de techo funcionaba a una sola velocidad, con un ruido áspero que hacía temer que se cayera en cualquier momento.

El baño era más lamentable aún: pequeño, con un inodoro bajito como de jardín de infantes y una minúscula pileta, piso desparejo y un espejo descascarado en que apenas era posible mirarse. La ventana del cuarto daba a una parte de los techos del mismo edificio, aunque un poco más allá se alcanzaba a divisar un trozo de la calle, a la altura de la esquina.

Me sentí decepcionada. La hora de llegada había sido inadecuada, el agotamiento fácil de mi marido me hacía prever que sería imposible hacer aquellas caminatas por la arena con las que había soñado y el alojamiento que tanto tiempo y energías me había llevado elegir resultaba ser un fraude. Pero ya no era posible volver atrás, de modo que suspiré profundamente y me resigné a llevar lo mejor posible los días siguientes.

Que no pudieron ser muchos, porque al tercer día mi esposo empezó a quejarse de un fuerte dolor en la parte baja del abdomen, amagaba ir al baño pero como no le daban las fuerzas para levantarse de la cama debía ser yo la que me esforzara para ayudarlo. Y luego, se quejaba del inodoro demasiado bajito y debía volver a ayudarlo para levantarse, el dolor seguía incrementándose, el se lamentaba continuamente.

 Averigüé si había alguna clínica a la cual acudir, pero el encargado de turno en el hotel me informó que la única disponible no era muy buena y sí muy cara, en tanto que el hospital local dejaba mucho que desear. Entonces, tomé una decisión drástica: dejé a mi esposo acostado y fui en remis hasta la terminal de ómnibus, busqué la ventanilla correspondiente a la empresa por la cual viajamos y solicité el cambio de los pasajes para ese mismo día. Pensé que sería imposible, pero no tuve ninguna dificultad, ya que conseguí pasajes para regresar esa misma noche.

Cuando le di la noticia a Santiago se mostró compungido, me acusó de haber tomado una decisión apresurada, pero yo estaba segura de que era lo más prudente. En mi ciudad conozca la clínica que atiende por nuestra obra social, los médicos me son familiares, hasta las enfermeras son conocidas, y tengo a mis hijos a mano en caso de necesitar de su ayuda.

En ese momento, lo más penoso para mí fue tomar conciencia de que ya no podría contar con las acostumbradas vacaciones de verano, porque sin duda, la salud de mi marido daba inequívocas señales de que se iba deteriorando irremediablemente.

Lo que aún no sabía era el verdadero significado de ese deterioro y las reales consecuencias que habría de tener en nuestras vidas.

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