lunes, 25 de junio de 2012


Comienzo este diario para contar una historia que a muchos les parecerá familiar. Es una historia que se repite a diario en miles de hogares de todo el mundo, una historia que puede comenzar de una manera semejante o bien distinta, pero que involucra los mismos sentimientos y posibilidades semejantes.

Todo comenzó como en una de esas películas norteamericanas donde todos los personajes parecen vivir vidas felices  y armoniosas, hasta que un día un acontecimiento que parece insignificante y cuya importancia la mayoría tiende a desestimar, inicia una sucesión de desastres que terminarán en una catástrofe.

Hasta mediados del año pasado Santiago -mi marido- y yo vivíamos una vida rutinaria y tranquila, hasta podría decirse un tanto aburrida. Desde hacía diez años mi esposo tenía ciertas limitaciones de movilidad, que se iniciaron con un ACV del que no pudo rehabilitarse de manera adecuada, pero gozábamos de ciertos placeres, como ir a comer afuera, visitar a nuestros hijos, mirar vidrieras en el centro de la ciudad donde vivimos y organizar los festejos de nuestros cumpleaños y otras reuniones familiares. Por el trabajo de él estábamos relacionados casi forzosamente al ambiente de la política local y solíamos tener largas conversaciones sobre estos temas, incluso llevados al nivel nacional.

Las señales comenzaron de una manera muy solapada. Un día, el comió menos de lo acostumbrado y dijo que “se sentía lleno”. La verdad, pensé que era una excusa para no decir que no le gustaba la comida, por más que era uno de sus platos favoritos y siempre elogió mis dotes culinarias. Esto volvió a repetirse en varias oportunidades.

Otra vez comentó que sentía algunas molestias en el abdomen, y aunque no lo dijo, advertí que visitaba el baño mucho más seguido de lo que había sido habitual hasta entonces. De noche sus gases se fueron tornando desagradablemente olorosos y su apetito continuó en permanente disminución.

Mi hijo Pablo, que era el que con mayor frecuencia nos invitaba a comer a su casa, notó con asombro que apenas probaba el asado, pero lo descartamos como causa de preocupación porque Santiago tenía unos cuantos kilos de sobrepeso y nos parecía bueno que empezara a bajarlos.

Y de hecho, los fue bajando, a la vez que se notaba cada vez más decaído y con deseos de pasar más tiempo durmiendo la siesta, a veces no quería cenar y hasta rechazaba el desayuno para quedarse en cama hasta casi el mediodía.

Pensamos que podría estar pasando por un período depresivo, si bien no aparecían motivos que pudieran justificarlo. Yo, que suelo pasar por el tormento de la depresión desde pequeña, lo acepté como algo posible.

Sin embargo, empezaba a sentirme intranquila y cuando hallé pequeñas manchas de sangre en su ropa interior, logré convencerlo de la necesidad de visitar al urólogo. Pero el especialista aseguró que su próstata solamente estaba un poco aumentada de tamaño, pero no sufría un proceso maligno.

Entonces, busqué un gastroenterólogo para consultar; de los tres que había en mi ciudad, solamente uno atendía por nuestra obra social. Al parecer, la mitad de los vecinos de Luján sufría algún tipo de trastorno digestivo, porque nos dio turno para el mes siguiente.

Para entonces, yo estaba francamente preocupada por los síntomas que veía en Santiago, que ya había bajado diez kilos de peso y seguía inapetente y con serias irregularidades en su proceso digestivo. Pero el especialista no dio ninguna señal que pudiera fomentar mis temores, se limitó a recetarle un medicamento, aclarando que, si no se veían mejorías en su estado, debíamos volver a consultarlo.

En el prospecto del medicamento señalaba que no debía repetirse sin autorización médica, de modo que al advertir que mi esposo seguía con las mismas molestias, volvimos al consultorio del especialista.

Esta vez, el médico explicó que la mejor manera de establecer las razones de sus problemas sería una colonoscopía, pero iba a comenzar solicitando una tomografía computada de abdomen, que era un proceso menos traumático y serviría para confirmar si la colonoscopía era o no imprescindible.

Hecha la tomografía, saqué el turno para una nueva consulta con el especialista, pero mi esposo se negó a asistir a la cita, asegurando que en la tomografía no había determinado nada grave. La verdad es que el informe señalaba un engrosamiento del colon sigmoideo, que debía ser estudiado, pero a él no le pareció un diagnóstico tan alarmante.

Para entonces había llegado el verano y, como lo veníamos haciendo todos los años, busqué prolijamente en Internet hasta hallar un hotel en Santa Teresita que me pareció adecuado para pasar allí unos días. Me imaginaba unos pacíficos días de playa, recorriendo la peatonal y sacándonos fotografías para compartir con nuestros hijos y nietos, aunque por momentos tenía algunas dudas sobre la conveniencia de emprender este viaje con una persona que sufría dolores abdominales y molestias digestivas, como era el caso de mi marido.

El no se mostraba interesado en los preparativos de estas vacaciones, parecía que tan solo estaba aprobando lo que yo hacía sin resistirse, pero sin apoyarme tampoco. Aun con mis dudas, tomé la equivocada decisión de reservar los pasajes, el hotel y comprar una nueva reposera y hasta una carpa playera, que ni siquiera estaba segura de que podría armar.


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