Al
día siguiente de nuestro regreso convencí a Santiago de hacerse ver en la
guardia de la cínica. Nos atendió una joven médica que muy tímidamente le palpó
con la mayor suavidad el abdomen descubriendo que ya no le dolía, pero al reiterarle
mi preocupación por lo ocurrido, le mandó hacer una RX de abdomen y tórax y
análisis de sangre de control, para ver si tenía algún proceso infeccioso. En
las radiografías lo único que aparecía era la presencia de gases, según
interpretó la doctora, pero nos aconsejó ver lo antes posible al
gastroenterólogo, Dr. Liziero.
Ese
mismo día intenté conseguir turno con el gastroenterólogo, pero la secretaria
me informó que solamente podía darme uno dentro de quince días. Como no quedé
conforme, fui personalmente a explicar lo que nos había sucedido en el
frustrado intento de vacaciones y la chica, tal vez conmovida por mi miserable
experiencia, se apresuró a indicarme que podía llevar al paciente en el horario
de atención del especialista y él lo atendería de inmediato.
Para
entonces, Santiago había pasado su crisis dolorosa y estaba más sereno, pero no
pudo eludir la visita al consultorio. Cuando le explicamos al facultativo lo
ocurrido no dudó en informarnos que la única alternativa para hacer un
diagnóstico seguro era la colonoscopía. Explicó someramente de qué se trataba y
nos entregó los formularios que había que presentar a la obra social, no sin
dejar de resaltar la importancia de hacer los trámites sin demoras.
Estábamos
a comienzos del mes de febrero. Cuando solicité telefónicamente un turno para el estudio, se me informó que el
especialista en colonoscopía estaba por salir de vacaciones en pocos días más y
que recién podrían empezar a dar nuevos turnos a partir del mes de marzo. Me
entregó un impreso que informaba sobre la preparación que se debía hacer en las
veinticuatro horas previas al estudio y a partir de allí, nos mantendríamos en
contacto por vía telefónica.
No
quedaba otra alternativa que armarse de paciencia
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