sábado, 7 de julio de 2012

Preparándose para la colonoscopía

Días después del cumpleaños llegó la fecha para la colonoscopia.
La preparación consistía en beber cuatro litros de Barex, un líquido preparado añadiendo agua a un  polvo blanco que venía en una bidón. Debía tomar un vaso cada quince minutos, pero Santiago a duras penas consiguió ingerir los primeros dos litros. Sentía náuseas, su vientre se había inflado como un globo y se negó terminantemente a continuar bebiendo el Barex.

Como el objetivo de esta preparación era vaciar y limpiar completamente el intestino y no se generaban evacuaciones, al ver su vientre tan hinchado me pareció prudente que dejara de tomarlo, temiendo que tuviera diverticulos y pudieran estallar.

Sin embargo, los efectos de la medicina llegaron por la noche, cuando Santiago se vio forzado a ir al baño para evacuar el intestino, pero fue en forma de estallido que dejó los azulejos del baño, los sanitarios y hasta el espejo rociados de materia fecal.

¡Pobre hombre! Se sintió terriblemente mal, humillado, nervioso, no podía creer que todo aquello hubiera podido salir de su propio cuerpo. No quería que yo me acercara, intentó limpiar el baño lo mejor posible él solo, incluso tuvo que bañarse y cambiar toda su ropa. Pero luego debí ejercer mis funciones de ama de casa, repasando su precaria limpieza con baldes de agua con lavandina primero y desodorantes de ambiente después. Me esforcé por consolarlo de su malestar, aunque luego hubo un segundo estallido, de menores proporciones pero aún impresionante.

Al día siguiente tuve que llamar a la clínica donde iban a hacerle la colonoscopía para avisar que Santiago no se presentaría, debido a que no había podido hacer la preparación. La secretaria del servicio me propuso amablemente fijar una nueva fecha, pero mi marido se negó persistentemente a la idea de volver a pasar por ese proceso, que definía como “asqueroso”.

Lejos estaba de imaginar que se vería obligado a pasar procesos más desagradables aún en muy breve tiempo.


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