La preparación consistía en beber cuatro litros de Barex, un líquido preparado añadiendo agua a un polvo blanco que venía en una bidón. Debía tomar un vaso cada quince minutos, pero Santiago a duras penas consiguió ingerir los primeros dos litros. Sentía náuseas, su vientre se había inflado como un globo y se negó terminantemente a continuar bebiendo el Barex.
Como el objetivo de esta
preparación era vaciar y limpiar completamente el intestino y no se generaban
evacuaciones, al ver su vientre tan hinchado me pareció prudente que dejara de
tomarlo, temiendo que tuviera diverticulos y pudieran estallar.
Sin embargo, los efectos de la
medicina llegaron por la noche, cuando Santiago se vio forzado a ir al baño
para evacuar el intestino, pero fue en forma de estallido que dejó los azulejos
del baño, los sanitarios y hasta el espejo rociados de materia fecal.
¡Pobre hombre! Se sintió
terriblemente mal, humillado, nervioso, no podía creer que todo aquello hubiera
podido salir de su propio cuerpo. No quería que yo me acercara, intentó limpiar
el baño lo mejor posible él solo, incluso tuvo que bañarse y cambiar toda su
ropa. Pero luego debí ejercer mis funciones de ama de casa, repasando su
precaria limpieza con baldes de agua con lavandina primero y desodorantes de
ambiente después. Me esforcé por consolarlo de su malestar, aunque luego hubo
un segundo estallido, de menores proporciones pero aún impresionante.
Al día siguiente tuve que llamar
a la clínica donde iban a hacerle la colonoscopía para avisar que Santiago no
se presentaría, debido a que no había podido hacer la preparación. La
secretaria del servicio me propuso amablemente fijar una nueva fecha, pero mi
marido se negó persistentemente a la idea de volver a pasar por ese proceso,
que definía como “asqueroso”.
Lejos estaba de imaginar que se
vería obligado a pasar procesos más desagradables aún en muy breve tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario