De modo que fuimos
a la sesión del Concejo Deliberante.
Y digo "fuimos" porque hace ya años que yo lo
acompaño, por lo general me quedo a seguir toda la sesión, aunque algunas veces aprovecho
para ir a hacer algunas diligencias o trámites en el centro.
Ese jueves 12 de
abril me quedé sentada a pocos pasos de él, muy preocupada por su expresión
adolorida. Enseguida noté que no tomaba notas de lo que se hablaba, permanecía
inclinado sobre la mesa su mesa de trabajo, con los labios apretados para
disimular el sufrimiento. En la misma mesa tenía ubicado un grabador
periodístico, que llevo siempre como apoyo extra para registrar las sesiones, y
en la cinta ha quedado registrado en varias oportunidades cuando en voz muy
baja, él decía:
“Hay, qué dolor…” Es angustiante escuchar este lamento.
Fue dos veces al
baño, algo que jamás había hecho antes en el transcurso de una sesión. La
primera vez lo acompañé hasta la entrada del salón de sesiones, porque caminaba
tan vacilante y encorvado que tuve miedo que se cayera.
Volvió al rato y le
dije que estaba por ir a buscarlo. Me dijo: “Nunca se te ocurra hacer eso”.
Imaginé que no quería llamar la atención sobre su estado de salud, porque temía quedarse sin trabajo. Ocupó su
lugar y siguió allí, aunque sin escribir palabra alguna. A las 13.30 volvió a
ir al baño y ya mi intranquilidad se fue incrementando. Me quedé viendo como se
alejaba cabizbajo, inseguro, y me sentí culpable por no haber podido
convencerlo de faltar al trabajo.
Pasaban los minutos
y no regresaba. La intranquilidad comenzaba a tornarse en angustia, me lo
imaginaba caído en el baño, no sabía qué hacer hasta que entró Marcelo Sánchez,
un joven conocido, en el recinto y me hizo señas. Apenas me acerqué me dijo:
“Tu marido salió del baño descompuesto, dice que vayas que se quiere ir a la
casa”.
Santiago estaba apoyado
en la balaustrada del hall del primer piso, pálido y encorvado, en cuanto me
vio dijo que fuera a buscar sus cosas para irnos. Volví al recinto, junté sus
papeles en el portafolios y le avisé a Alejandra, su compañera de equipo, que
teníamos que irnos porque él estaba descompuesto.
Pensé que no podría
bajar las escaleras e intenté ir en busca de alguna ayuda, pero Santiago se
empecinó hacerlo sólo conmigo. Despacito, escalón por escalón, llegamos a la
planta baja, atravesamos el hall de entrada, apoyando todo su peso en mí.
Respiraba agitadamente, se veía pálido y su rostro reflejaba el dolor que lo
seguía acosando. Le pedía que fuéramos a la guardia de la Clínica, pero él
continuaba negándose, hasta que logramos salir al exterior, donde nos
aguardaban otros escalones para llegar hasta la vereda.
En ese momento me
llamó mi hermana por teléfono para preguntarme dónde quedaba la calle
Rivadavia, porque su hijo Martín debía venir a hacer un trabajo en esa calle.
Le comenté a ella lo que pasaba con Santiago y me recomendó que no dejara de llevarlo al médico.
Luego de mi
insistencia reiterada, Santiago aceptó –no de muy buena gana- ir hasta la clínica. El decía que no iban a
hacer nada allí, pero le hice ver que podrían hacerle alguna radiografía porque
había que saber a qué se debían sus dolores, y seguramente le darían algo para
calmarlos.
La clínica está tres
cuadras de la Municipalidad, pero era obvio que él no estaba en condiciones de
ir caminando, de modo que llamé un remis con mi celular y esperamos su llegada.
En la guardia de la clínica no había más de tres personas, pero lo dejé en la
sala de espera y fui a mesa de entradas para entregar el bono de la obra
social.
Hubo una espera más
larga de lo que hubiera imaginado, pero tal vez me lo pareció porque Santiago
seguía casi doblado por la mitad debido a su dolor abdominal. Cuando nos
hicieron pasar me encontré ante una doctora tan joven que parecía una alumna de
la escuela secundaria; no me inspiró confianza. Tuve que hablarle de la
tomografía que le habían hecho a Santiago y darle los antecedentes de su
malestar, entonces ella pareció dudar y llamó a otro médico, apenas un poco
mayor que ella, extremadamente delgado, pero con aire de eficiencia y seguridad
en sí mismo.
Apenas le reiteré los datos que había dado a su colega, hizo tacto
en el dolorido vientre y diagnosticó una posible diverticulitis. Miró a
Santiago y dijo:
“Se queda internado”, a la vez que sin duda alguna iniciaba el
pedido de internación.
Esperaba que
Santiago reaccionara rechazando la idea de internarse, pero en cambio lo aceptó
con una expresión resignada, que me sirvió para confirmar qué mal debía
sentirse.
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