sábado, 28 de julio de 2012

Internado


De modo que fuimos a la sesión del Concejo Deliberante.
Y digo "fuimos" porque hace ya años que yo lo acompaño, por lo general me quedo a seguir toda la sesión, aunque algunas veces aprovecho para ir a hacer algunas diligencias o trámites en el centro.
Ese jueves 12 de abril me quedé sentada a pocos pasos de él, muy preocupada por su expresión adolorida. Enseguida noté que no tomaba notas de lo que se hablaba, permanecía inclinado sobre la mesa su mesa de trabajo, con los labios apretados para disimular el sufrimiento. En la misma mesa tenía ubicado un grabador periodístico, que llevo siempre como apoyo extra para registrar las sesiones, y en la cinta ha quedado registrado en varias oportunidades cuando en voz muy baja, él decía:
“Hay, qué dolor…” Es angustiante escuchar este lamento.

Fue dos veces al baño, algo que jamás había hecho antes en el transcurso de una sesión. La primera vez lo acompañé hasta la entrada del salón de sesiones, porque caminaba tan vacilante y encorvado que tuve miedo que se cayera.
Volvió al rato y le dije que estaba por ir a buscarlo. Me dijo: “Nunca se te ocurra hacer eso”. Imaginé que no quería llamar la atención sobre su estado de salud,  porque temía quedarse sin trabajo. Ocupó su lugar y siguió allí, aunque sin escribir palabra alguna. A las 13.30 volvió a ir al baño y ya mi intranquilidad se fue incrementando. Me quedé viendo como se alejaba cabizbajo, inseguro, y me sentí culpable por no haber podido convencerlo de faltar al trabajo.

Pasaban los minutos y no regresaba. La intranquilidad comenzaba a tornarse en angustia, me lo imaginaba caído en el baño, no sabía qué hacer hasta que entró Marcelo Sánchez, un joven conocido, en el recinto y me hizo señas. Apenas me acerqué me dijo: “Tu marido salió del baño descompuesto, dice que vayas que se quiere ir a la casa”.

Santiago estaba apoyado en la balaustrada del hall del primer piso, pálido y encorvado, en cuanto me vio dijo que fuera a buscar sus cosas para irnos. Volví al recinto, junté sus papeles en el portafolios y le avisé a Alejandra, su compañera de equipo, que teníamos que irnos porque él estaba descompuesto.

Pensé que no podría bajar las escaleras e intenté ir en busca de alguna ayuda, pero Santiago se empecinó hacerlo sólo conmigo. Despacito, escalón por escalón, llegamos a la planta baja, atravesamos el hall de entrada, apoyando todo su peso en mí. Respiraba agitadamente, se veía pálido y su rostro reflejaba el dolor que lo seguía acosando. Le pedía que fuéramos a la guardia de la Clínica, pero él continuaba negándose, hasta que logramos salir al exterior, donde nos aguardaban otros escalones para llegar hasta la vereda.

En ese momento me llamó mi hermana por teléfono para preguntarme dónde quedaba la calle Rivadavia, porque su hijo Martín debía venir a hacer un trabajo en esa calle. Le comenté a ella lo que pasaba con Santiago y me recomendó  que no dejara de llevarlo al médico.

Luego de mi insistencia reiterada, Santiago aceptó –no de muy buena gana- ir  hasta la clínica. El decía que no iban a hacer nada allí, pero le hice ver que podrían hacerle alguna radiografía porque había que saber a qué se debían sus dolores, y seguramente le darían algo para calmarlos.

La clínica está tres cuadras de la Municipalidad, pero era obvio que él no estaba en condiciones de ir caminando, de modo que llamé un remis con mi celular y esperamos su llegada. En la guardia de la clínica no había más de tres personas, pero lo dejé en la sala de espera y fui a mesa de entradas para entregar el bono de la obra social.

Hubo una espera más larga de lo que hubiera imaginado, pero tal vez me lo pareció porque Santiago seguía casi doblado por la mitad debido a su dolor abdominal. Cuando nos hicieron pasar me encontré ante una doctora tan joven que parecía una alumna de la escuela secundaria; no me inspiró confianza. Tuve que hablarle de la tomografía que le habían hecho a Santiago y darle los antecedentes de su malestar, entonces ella pareció dudar y llamó a otro médico, apenas un poco mayor que ella, extremadamente delgado, pero con aire de eficiencia y seguridad en sí mismo.
Apenas le reiteré los datos que había dado a su colega, hizo tacto en el dolorido vientre y diagnosticó una posible diverticulitis. Miró a Santiago y dijo:
“Se queda internado”, a la vez que sin duda alguna iniciaba el pedido de internación.
Esperaba que Santiago reaccionara rechazando la idea de internarse, pero en cambio lo aceptó con una expresión resignada, que me sirvió para confirmar qué mal debía sentirse.

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